Acumulación de sexo versus encuentro erótico


 
Por: | 05 de febrero de 2014 
   
Scorsese y su estridente lobo capitalista nos dejan exhaustos. Salimos del cine como si hubiéramos ...... (elija usted el verbo) durante tres días seguidos, con poco placer, algo irritados (con la cabeza y los genitales necesitados de descanso). Podrían ser Tinto Brass, Gore Vidal y Calígula, con Malcolm MacDowell, pero son Martin Scorsese y Leonardo Di Caprio gritando, gesticulando y aturdiéndonos con el desenfreno consumista en un país que marca el rumbo de occidente, ese, el que usted sabe, el de los dos chicos con apellido italiano.
Alguien dijo que hay misoginia de El lobo de Wall Street. Escuché argumentos, y no solo en boca de mujeres, que daban cuenta de algo de 'asquito' frente a tanto pliegue en primer plano, como exhibido en la nevera de la sección carnicería del súper. Me llamó la atención que incluso algunos hombres confesaran haber salido empalagados ante la carne femenina embestida en sacudidas de machos compulsivos, adictos al dinero (robado a los pobres o a cualquiera), a los yates y las casas con mucho mármol, al crack, al sexo rápido y colorinche. Scorsese nos ofrece el retrato de un ..... (ponga usted el adjetivo) broker de los 90, llamado Jordan Belfort, que hoy da conferencias para enseñar a "vender".

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Di Caprio en uno de sus personajes más gesticuladores. 'El lobo de Wall Street'.

Aunque me agotaron esas tres horas desaforadas, mi impresión es que el registro responde a una expresa y vandálica voluntad del brillante Scorsese, que ha decidido que estas obscenidades llamadas 'finanzas' o 'bolsa' o 'capitalismo financiero' se merecen una protesta a su altura. Creo que el director ha hecho esta película como quien quema contenedores en la puerta del banco. Y ese sexo comprado, banal, otra vez compulsivo, expresa -solo con algo más de crudeza- este acelerado proceso de mercantilización de la vida entera, en las últimas décadas. Ya no hay escrúpulos para decir que los medicamentos se producen para blancos occidentales que pueden pagarlos, ¿por qué va a haber pudor en organizar orgías con chicas de diferentes honorarios, si las hay para todos los bolsillos?
La hipersexualización mercantil de nuestro cotidiano ha llegado a tal punto que de lejos se vislumbra como algo contrario a la libertad de la emoción verdadera.
Erotizar la frivolidad, leer novelas eróticas que escribe gente que no sabe escribir (que no corrige nadie en editoriales de libracos superventas con brillantina); despojar al erotismo de las emociones del alma, comprar y vender a destajo cachivaches de todos los colores para que no haya necesidad de crear ningún sentimiento en el vínculo humano; colgarse como en una fiambrería -en pose sexy- en las ventanitas del amor virtual al paso;  mandarse fotos de penes erectos sobre abdominales duros con el grupo de vecinas del WattsApp para luego quejarse del marido que "quiere todos los días" o, al revés, chatear con desconocidas en la madrugada, mientras la esposa insatisfecha duerme al lado... todo forma un poco parte de esta existencia pirotécnica, competitiva, de consumo de todo lo que se pueda abarcar en el afuera y ningún espacio para la reflexión interior.

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Margot Robbie y Leonardo Di Caprio en 'El lobo de Wall Street'. 

Acumular es la palabra que está en la base de nuestro sistema económico. Y como acumulamos patrimonio, también nos estamos acostumbrando a hacer acopio de éxitos simbólicos y de carne tersa para exhibir. Si alguien viaja a Argentina en verano, puede echar un vistazo a las portadas de las revistas de actualidad, todas ilustradas con primerísimos primeros planos de literales culos de chicas en tanga (ninguna cara importa puesto que estamos en la playa). O presenciar -también en el país en el que nací, en cualquier época del año- tertulias televisivas en las que los que opinan de fútbol o política son hombres de cuarenta o cincuenta años y las que adorman el plató, mujeres (modelos muy jóvenes y muy escotadas, que sonríen y se someten a las bromas subidas de tono de sus compañeros, los opinadores). Digo Argentina porque es el país cuyos medios conozco un poco más, pero seguro que habrá cientos de ejemplos de este tipo.
En este sentido, Scorsese es un contemporáneo, según la definición del filósofo Giorgio Agamben en uno de los ensayos de Desnudez: "contemporáneo es aquel que mantiene la mirada fija en su tiempo, para percibir, no sus luces, sino su oscuridad. Todos los tiempos son, para quien experimenta su contemporaneidad, oscuros". 
 

'El lobo de Wall Street' (2014), de Martin Scorsese. El desenfreno de la década del 90 en Wall Street.
 
La atmósfera de esta película de Scorsese, aunque de una claridad color chicle, me evocó aquellos densos ambientes orgiásticos del todopoderoso y caprichoso emperador Calígula, versión Tinto Brass. Pero también pensé en otras denuncias sociales, políticas e históricas que han puesto algo fundacional como el sexo en el centro de la escena. Por ejemplo, Saló o los 120 días de Gomorra (1975), de Pier Paolo Pasolini, que fue un alarido desgarrado contra el fascismo, puesto en imágenes metafóricas de sadismo y explotación sexual.
 
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Me acordé de Paul Thomas Anderson, dando cuenta del fin de fiesta en la inolvidable Boogie Nights, hablando en lenguaje de cine porno de la vuelta a las políticas del pudor y la represión que supuso la llegada de Ronald Reagan a la presidencia de EE.UU., en 1980.
Por cierto, me olvidaba de Dos hombres y medio, a mi criterio una sitcom muy lograda sobre esta época algo ruin, hipersexualizada o de erotismo mercantil, de seres exitosos que acumulan (lo que sea que haya que acumular) o perdedores sin remedio. Sé que a muchas mujeres les espanta; yo me río muchísimo con Charlie Harper/Sheen -hacedor de jingles publicitarios en Hollywood-  y su exposición de miserias al por mayor. 
 


'Klip', un excelente largo serbio que se vio en el festival 'La boca erótica' 2013, sobre la adolescencia hipersexualizada y exhibicionista, en estos días y en esos lugares de posguerra. 

Lejos de un alegato puritano, o del rescate de aquella idea de la "gracia divina" del cuerpo anterior al pecado -excelentemente expuesta por Agamben en el mencionado ensayo Desnudez-, nos alegraríamos si frente a tanta mercancía erótica, objetual y humana, pudiéramos expresarnos con la saludable rebeldía de Eva en el paraíso. Según el filósofo, aquella mujer "resiste con todas sus energías la violencia divina" y no quiere vestirse: no cree tener nada impúdico que tapar, aunque finalmente se viste, a regañadientes. Y no se deja comprar ni compra. Se encuentra con otro ser humano. Siente.

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