Conciencia o sistema operativo, da igual: inventándonos el amor


Por: | 24 de febrero de 2014
 
A ella, de ella, el suyo: her. Her es la película de Spike Jonze que habla de lo que sucede en torno a ella, aunque ella no exista. No es she, es her.
¿Quiere esto decir que ella/she no importa? No, de ninguna manera. Pero ella/she no tiene identidad y solo adquiere presencia como her/la (I knew her/ la conocí; I talked with her/ hablé con ella), en función de su relación con él, Theodore (Joaquin Phoenix).


Vaya presencia la de esta interface: la que le ha tocado a Theodore tiene nada menos que la voz sexy y ronca de Samantha/ Scarlett Johansson, mimándolo a través de su auricular, comprendiéndolo, alentándolo y sorprendiéndose, la voz, de la vida que él le cuenta. ¿El sueño masculino? Hmmm, como toda mujer, esta interface también tiene reclamos, no creas...
Entre Shangai y L.A., una ciudad luminosa pero siempre velada por el smog, con sus habitantes portando auriculares todo el día: son/somos hombres y mujeres sobre el cable, cableados, aunque wireless, porque ya ni siquiera el cordón umbilical nos hace falta para depender de la matrix digital. Deambulan/deambulamos con bolsos con forma de laptop o tableta, cruzados o al hombro... Y con pantalones tiro alto, que parecen muros, quizá levantados para dificultar la penetración (¿un mundo sin penetración y con puros contactos virtuales es posible?).
En ese paisaje entre irreal y absolutamente cotidiano, Joaquin Phoenix interpreta a un sensible chico solo, de treinta y tantos, que no puede terminar de despegar su corazón del de la mujer con la que creció. El presente de Theodore -por cierto, un experiodista- transcurre entre la redacción de vidas prestadas (escribe cartas de amor por encargo) y el entretenimiento a solas, con videojuegos, alguna sesión de sexo por internet o una breve visita a sus amigos, tan hiperconectados como él.
El amor y la inteligencia artificial, con interfaz Scarlett, eso sí. Conciencia o sistema operativo, ¿qué más da la contraparte? Los procesos se reproducen, solamente basta una -una única- persona para desatar el recorrido de la seducción al enamoramiento, desde el primer intercambio verbal, con la primera respuesta ingeniosa (o que nos arranca una sonrisa al cabo de tanto cinismo), el primer piropo, el halago más espiritual, hasta las ganas de tocarse, decir tocarse, decir amarse y también el conflicto, el malentendido... Pero volver a pensarse, acompañarse a la distancia, informar "tengo novia" o saber que alguien te preguntará "¿cómo te fue?", al final del día.
Escuché a gente quejarse a la salida del cine. Algunos iban a ver la última del director de Cómo ser John Malkovich esperando un buen exponente de fantaciencia, una Blade Runner de romance de escritorio. Otros esperaban algún capítulo en pantalla grande que ampliara una entre las miles de historias de cada noche en Meetic o Badoo o Facebook: hombres casados o solitarios fóbicos al contacto físico que chatean con desconocidas (y viceversa) y con eso les alcanza para sostener la abulia matrimonial o laboral continuada.
Pero, no: Her es una reflexión hermosamente melancólica y verdadera sobre la pareja, no importa su formato. Y sobre el individuo y su necesidad de encajar sus bordes en otros bordes contenedores, adaptar los ajenos a nuestras salientes y concavidades... y limar los propios para encastrarse en otro cuerpo, otra conciencia, otro sistema operativo. Para no sentirse solo aun estando solo.

Joaquin
Joaquin Phoenix en 'Her' de Spike Jonze. 

Un físico teórico dijo, alguna vez, que este universo quizá fuese un holograma, que todo esto -incluidos nosotros- podíamos ser reflejos de alguna proyección lejana. Jonze juega con la idea de las tretas de la mente y el manejo de las emociones -cualquiera sea su fuente generadora- y algunos inevitables límites: ¿cómo reemplazar por píxeles o músicas una caricia suave de esas que nos erizan a ambos, por la mañana, después del sexo arrebatado, mojado, chocándose, frotándose con otro ser humano?
No tenemos respuestas, pero es cierto que los tiempos ya dan cuenta de infinidad de relaciones virtuales, con sexo a ambos lados de una pantalla, autoprocurados orgasmos vía Instagram, largas sesiones de erotismo dicho por Skype o cantado por WattsApp, autosatisfacción en primerísimos primeros planos pixelados, guitarras tocadas por teléfono y mitades heladas de muchas camas lejanas.
Her de Spike Jonze conmueve y nos envuelve en la hipnótica ciudad de los amores no correspondidos y los deseos insatisfechos, con bella música de Arcade Fire. Y moviliza, revuelve, porque no habla únicamente de soledad y vínculos cibernéticos sino (y fundamentalmente) porque construye una alegoría sobre las relaciones humanas, que tienen tanto o más de diseño y proyección individual que el vínculo hombre-máquina.


Tráiler de 'Her' de Spike Jonze. 

¿Acaso no nos inventamos a la otra persona cuando interactuamos con nuestras expectativas o contra nuestros fantasmas? ¿No dibujamos siluetas románticas en nuestros paisajes desolados y con ellas vestimos a otros seres?
Ilusión fallida, delete. 
¿No ha sido muchas veces el nuestro ese andar derrotado de Joaquin Phoenix cuando nos falta la ilusión amorosa o nuestra su desesperación ante la 'caída' del sistema operativo?
Ringtone de piano y aparte.
Desinstalar.
Download (un nuevo amor se está descargando).
Ejecutar.

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