Triángulo roto


Por: | 12 de abril de 2014
Por Eladio Valdenebro(*)

Nada hay tan deshonesto que no pueda contarse con palabras honestas. Bocaccio.

Cuando leí esta frase del ingenuo pornógrafo italiano del siglo 14 - la tomé como un reto. Recordé una experiencia que al fin no concluyó como yo pretendía, la enriquecí con alguna ficción, y escribí esto que sigue, con palabras decentes.
Nochevieja. Concluye el baile a-tres, los tres se separan. El vaho de cannabis se mezcla con olor de whisky regado. Exhausta, desnuda, Odile se deja caer en el centro de la alfombra roja, entre ropas de hombres, entre sus propias ropas. Al borde de la cama matrimonial y en paños menores, Paco se echa para atrás, las piernas dobladas al suelo. No entiende, está su mente turbada, está desconcertado. Pepe, a su vez, sonríe, ahora con un colmado brandy en la mano. Hundido en su sillón se complace con la turbación de su amigo del alma. No le importa lo que piense su amada, casi siempre tan dócil a sus fantasías, aunque siempre reacia a cierta alternativa que a él con frecuencia lo obsesiona.

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Getty.

La lluvia arrecia en las ventanas y opaca la densa música de Chuk Manggione. Un aviso comercial exterior titila sus cambiantes colores acentuando el extraño ambiente.
Pepe recoge a su mujer, susurrándole algo al oído. No entiende ella, pero sí sospecha lo que sigue, lo que quiere su amado. Y acepta, pues un plan travieso se le ocurre en ese momento. El la acaballa con delicadeza sobre el bajo vientre de Paco. Ella ayuda, quiere algo también pues le ha asaltado de nuevo una cierta sospecha. Pepe quita a su amigo la última ropa con aire ceremonial, la coloca con cuidado sobre el equipo de sonido, recoge las otras prendas con igual ceremonia, las dobla, las coloca allí. Ya ordenado el escenario, se instala entonces en su sillón, en el eje de observación perfecta. Sonríe, detallando con su mirada libidinosa esa esquiva alternativa que a él obceca, que a ella tanto humilla con frecuencia.
Odile se desempeña como sabe que su amado quiere, para amarle plenamente su amigo del alma. Y como sabe qué mas quisiera su amado, se inclina así, sobre el pecho de Paco, como jinete en carrera de hipódromo, para despertar también en su Pepe el deseo, aquel deseo que ahora sí quiere complacer. Sus pezones acarician los negros vellos de los pectorales de Paco, mientras le ataca con su lengua la lengua aún tímida. Tiene ella su secreto plan… pretende amar a los dos hombres al tiempo, para que sean algo más que amigos del alma a través de su cuerpo de hembra compartida. Así verificará su sospecha.
Pepe, entusiasmado, procede: por la espalda le llega a su mujer, ya dispuesto. Paco ha entendido: sigue en lo que está… pero con ojos cerrados, no quiere verla, no quiere verlo. Y Odile, a su vez, sonríe para sí: logrará comprobar esa insistente sospecha y se olvida de otras veces en que se sintió envilecida. Se entrega entonces a amarlos al tiempo. De nuevo, en su espalda la caricia de los rubios vellos del pecho de su amado. Pero esta vez con su total consentimiento. Es su plan. Y percibe claras diferencias entre los dos hombres: distintos vigores, distintas turgencias, distintos alcances. Tres diferentes gemidos se entrecruzan confusamente con las ráfagas de lluvia que siguen golpeando las ventanas. Truenos y relámpagos hacen mas confusa la extraña sonoridad de la escena: sexo, jazz, lluvia.
Pronto Odile cree lograr lo que pretende: que los dos amigos, en vías paralelas, se sientan uno a otro a través de sus finas interioridades femeninas. Sí, son algo mas que amigos del alma.
Quiere entonces acentuarles la mutua percepción: sabia, impone con íntimas presiones internas un ritmo binario -Pepe,Pepe, Paco,Paco, Pepe,Pepe, Paco,Paco- y capta que es Pepe quien primero capta lo binario Pepe,Pepe, Paco,Paco. Unos compases después nota que Paco también nota: se están sintiendo. Pepe, Pepe, Paco,Paco. Se aman a través de ella. Entonces, se aquieta, distiende sus suaves, sus fuertes tensiones. Ellos ignoran la repentina quietud y siguen, solos Paco,Paco, Pepe,Pepe, Paco,Paco, Pepe,Pepe. 
Odile siente que sobra, pues, ya quieta, percibe dentro de si dos ansiedades que aumentan. Y decide ausentarse, ella sobra. Pero antes, malévola, experta, retoma mandos: con adecuados ajustes, cambia el ritmo binario a uno simple, a un ritmo urgente, creciente, desbocado: Paco, Pepe, Paco, Pepe, Paco, Pepe y, sabia, calculando el momento oportuno, desliza su cuerpo y huye. Siente que no tratan de retenerla, que la ignoran. Sí, mayor indicio a su sospecha. Cual anguila aceitosa escapando de dos manos afanosas, Odile se escapa de los dos afanosos cuerpos. Que -igual que las manos frustradas por la fuga de la anguila- se entrelazan violentos al momento final: Paco, Pepe, incontenibles; Paco, Pepe, espásmicos. La lluvia ya mengua, no silencia dos diferentes gemidos finales mientras dos ardientes licores viriles se entremezclan entre vientres de recios vellos negros, de finos vellos rubios.
Como dos manos aquietándose luego de restregarse violentas, los dos cuerpos no se sueltan, ya en reposo. Odile, ovillada con perfil fetal en el hondo sillón, sonríe: ha comprobado aquello. Los tres se van adormilando.  


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