Mujer anfibia, la del cuarto sexo


Por: | 26 de abril de 2014
 
Por María Paz Ruiz Gil

Vitalísima, vine al mundo con la piel del color de la papaya y los ojos vivarachos y extraños, algunas veces los llamaron largos, y luego pasaron a denominarlos sexies.
Había pasado por el peaje de los treinta, y ciertos días me sentía adulta. Los demás jugaba a estirar mi infancia volviéndola adolescencia, disfrutando de las coqueterías de ser una mujer un poco caprichosa pero fácil de querer. Me perseguía la risa generosa, la búsqueda para saber más sobre sexo y el poder de tirarme sobre el catre de la sátira y la ironía para sobrevivir, cualidades más frecuentes en los hombres.

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Había aprendido que mi ánimo voluble me había azotado desde niña. Llorar y reír, sentir placer y dolor, beber y gozar; todo estaba incluido en mi cabeza. En sobres de colores que se destapaban solos.
Conocer de lleno la tristeza era un trabajo aburrido, nadie quiere hacerlo. Pero lo que he confirmado es que es mil veces más complejo vivir en la euforia.
Si ya es complicado lidiar con la tristeza, qué decir de la euforia. Esa ola que lo quema todo a su paso, esa energía que hacía que me levantara a barrer la casa o limpiar con un cepillito la fachada del edificio a las cuatro de la mañana.
Euforia era beber ocho horas sin parar de reír, gastar sin pena, abrir el cuerpo y el alma mucho más de lo que reza el cánon, fumar con compulsión, conducir sin carné y durante ocho años por España y uno en Estados Unidos, no ir a esta clase ni a la siguiente, besar en ambas mejillas al profesor/sacerdote porque encontró el monedero que perdí aposta, bailar sin darse cuenta de que hay hambre, saltar de periodista a bailarina, de maga a guionista, de madre a camarera, destapar siete botellas, salir a caminar y estar tres horas andando a paso marcial por las calles de una ciudad negra y fría, cambiarme el nombre, la edad, el peso en una semana, hablar con el gay, la lesbiana, el de la puerta y a todos engatusarlos con historias. Seguir conversaciones en tres idiomas y conseguir propuestas de los que más me gustaban, volverme cuarenta mujeres y ninguna, hacerme del cuarto sexo.
Me pido ser una mujer eufórica.

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Esa exagerada que no sabe morderse la lengua, y dice lo que siente sin pensar si está cometiendo la peor imprudencia. Puede hacer seis tareas al tiempo, se olvida de apagar el fogón y lee solamente lo que le produce sensación de velocidad. Se viste como heroína de cómic y sabe usar tacones. Come picante, bebe café –aunque lo tenga prohibido-, busca hoteles en África o América, escribe a las cinco de la mañana y tiene una ética prêt-à-porter.
Hay momentos en que puedo estar triste y eufórica. El sexo es uno de ellos, el sexo con todas las letras, el sexo que no está en libros, el sexo que arrebata la noción del tiempo, que cambia la composición humana, que convierte los órganos en plastilina y los ojos, en pizarras blancas.
Durante ese sexo, la euforia puede llegar a ser tan abisal que se drena del cuerpo, se trepa por los conductos del alma y termina brotando en forma de chillido con lágrima copiosa, trayendo por ese mismo conducto ultrarrápido al hombre triste que me habita. Así que ese cuerpo que yace en la cama, completamente quemado por el placer del sexo, se convierte en segundos en el mausoleo de un hombre sollozante. Una vez que llega el hombre triste, la mujer eufórica se quita los tacones como La Lupe, aprieta un botón que lleva dentro, y se empieza a quedar dormida, sin voz, sin maquillaje que alumbre, sin canciones para cantar, sin ojos para poder picar.

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Ambos, mi mujer eufórica y mi hombre triste, se odian y se hacen putadas. El hombre triste detesta tener resaca por culpa de ella, odia tener que estar llorando por las decisiones alocadas de ella, por su desfachatez con el vino, o las frases disparadas de su universo radiante y disparatado. Y la mujer eufórica tiene que luchar contra el aspecto que le deja el hombre triste, ver cómo puede solucionar el sobrepeso, el pelo sucio, el exceso de silencio y tabaco, las horas sentado frente al ordenador desde un colchón. Cuando uno de los dos se masturba, el otro se asoma, porque el sexo es el espejo que muestra todo lo que se es, y por eso cuando yo me veo en el espejo he visto una planta dicotiledónea, una rana con cola saltando al agua, un tío con tetas o una mujer con la CPU de un macho.



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