¿Es amor o amistad?


Por: | 09 de junio de 2014
 
Elogio de la amistad se llama el libro de Tahar Ben Jelloun en el que el escritor marroquí ensaya una aproximación al misterio de la amistad. Lo no dicho, lo no atado, lo a medias cosido intenta hilvanarse para explicar apenas los contornos. 
La amistad es un concepto de amor y no: porque no lo alcanza o porque lo desborda. Compañía circunstancial u órgano vital. Virtud. Cuando Eros se inmiscuye en la amistad, cuando la sensualidad interfiere con el alma, se desatan todas las preguntas; de lo contrario, cuando el enamorado no logra la confianza del amigo, se deshilachan las certezas. 
Al mencionar a su amigo el Nobel Jean Marie Le Clézio, Ben Jelloun no puede separarlo de su esposa: "Disfruto de la presencia de la pareja, juntos y separados. Siempre leo en sus caras la felicidad de existir y de amarse (...) Cuando los veo vivir a Jean-Marie y Jemia, me pregunto por qué una esposa no puede ser, ante todo, una amiga; por qué será tan difícil convertirse en amigo de la mujer que uno ama".
Algo parecido se pregunta y se responde el filósofo francés André Comte-Sponville, en Ni el sexo ni la muerte. Tres ensayos sobre el amor y la sexualidad: "La dimensión sexual es decisiva: esta es, en el fondo, más que la pasión, lo que diferencia el amor de la amistad. El amor sensual es prisionero de la falta, del cuerpo, de la finitud. Y esto mismo, que lo hace violento, lo condena a la desaparición: el placer es su meta y su término, y por ello también su fracaso. La amistad, al contrario, porque es espiritual (goce no de los cuerpos sino de las almas), está abierta al infinito y, aparte de la muerte, a la eternidad. Soñamos con reconciliar ambos sentimientos, o vivirlos simultáneamente. ¿Por qué no puedo hacer el amor con mi mejor amigo/a? ¿Por qué no puedo convertirme en el amigo/a de mi amante?".

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La asimetría de Eros en un fotograma de 'Dos madres perfectas'. Xabier Samuel y Robin Wright (ex Penn): cuando 20 años (o 25) de diferencia no son nada.

El placer como meta y prioridad, sin perder la infinita confianza de la amistad es lo que parecen poder conjugar dos mujeres que se mantienen unidas, cómplices, como cuando niñas, incluso en el momento en que Eros invade el territorio de los lazos más primitivos: el de una madre con su hijo. La película Dos madres perfectas, sobre libro de otra Nobel, Doris Lessingconvoca a todos los demonios de la pasión, el amor y el sexo al paraíso de la amistad. 
"Por mi parte -confiesa Comte-Sponville-, he vivido algunas amistades apasionadas (sobre todo con hombres- y algunas pasiones amorosas (exclusivamente con mujeres), en periodos distintos de mi vida, es cierto, pero no sin que esas pasiones y esas amistades, en uno u otro momento, pudieran existir juntas o superponerse. No siento ni orgullo ni vergüenza por ello; veo en ello más bien una suerte de necesidad. Demasiados amigos mata la amistad; demasiada exclusividad también. Esto es lo que distingue nuestras historias de amistad de nuestras historias de amor (...) No es que exista algún abismo infranqueable entre el amor y la amistad (...) La frontera entre ambos siempre me ha parecido incierta, porosa, móvil, e incluso nunca vi entre ellos frontera alguna, propiamente dicha, sino más bien una vasta zona intermedia, que incluiría (como philia, en Aristóteles, hace de eros) hasta los extremos que separa o une. Existen amistades amorosas, y amores amistosos, que nos enseñan más sobre el acto y la pasión de amar que las amistades demasiado sabias o los amores demasiado intensos".
Ben Jelloun narra lo que le une a cada uno de sus amigos. Habla del "seductor que tiene miedo a las mujeres enamoradas"; o del "deshilvanado", el "amigo intermitente". Con Lotfi, cuenta, "hablamos mucho de mujeres". En una de esas charlas, el escritor dice haber deseado escribir una novela que se llamaría El hombre que llora: "Ese hombre lloraría porque sabe que nunca estará a la altura de la inteligencia, la malicia o la crueldad de las mujeres". Agrega que mientras ellas escriben, participan en debates, se defienden, luchan, "¡ellos las ven pasar, limitándose a comentar la forma de sus tetas o de sus culos!".
Qué decir, entonces, de la malicia de la escritura de la abuelita Doris Lessing, premio Nobel de Literatura 2007, que escribió la novela Las abuelas, inspirada -según decía- en lo que le había contado una vez una amiga. Malicia o provocación que uno percibe en las airadas reacciones de los hombres mayores a la salida del cine, sometidos durante casi dos horas a la verdad del deseo de las mujeres adultas. En Dos madres perfectas, la adaptación de la novela que hizo la directora luxemburguesa Anne Fontaine (coguionista de Chloe de Atom Egoyan), las dos "perfectas" madres de cuarentayvarios, Roz y Lil, hacen el amor sostenidamente con veinteañeros bellos y vigorosos, sin necesidad de contárselo a nadie, más que a la mejor amiga.
A las amigas de Dos madres perfectas la turbulenta pasión no las separa, las une, aunque se trate de entregar al propio hijo al voraz amor sensual de otra mujer, otra madre. Hay, ante todo, comprensión entre estas viejas amigas que encaran juntas las limitaciones del paso del tiempo y comparten la inevitabilidad de la causa amorosa que cruza todas las fronteras. Roz con el hijo de Lil y Lil con el hijo de Roz, los cuatro conforman un equipo pecaminoso, endogámico y entregado a la más pura existencia en el placer. La amistad no está puesta en juego, y menos si todo transcurre por carriles simétricos (y no solo el erotismo, también el dolor). Las preguntas se postergan, no hay más que erótico presente de pieles tersas.
De la asimetría de Eros, que nos llega desde Platón, a la reciprocidad propia de la philia, el filme plantea todas las preguntas y las deja todas en el aire. Quizá no haya más respuesta que el consabido consuelo de que "el amor no alcanza la madurez y la serenidad más que secundado por la amistad", en palabras de Ben Jelloun.


Tráiler de 'Dos madres perfectas', de Anne Fontaine sobre libro de Doris Lessing, con Robin Wright y Naomi Watts. 

"Está bien: seré joven para ti, siempre", le promete de mentirijillas Roz (Robin Wright) al enamorado Ian (Xabier Samuel) en una de estas sesiones sexies que gozamos en el cine, al menos las mujeres. Los espectadores varones protestan: "¿Pero quién puede creerse esta historia traída de los pelos?" Las damas callamos, pero sabemos que este cuarteto hedonista no es inverosímil, que las chicas podemos ser más laxas en estos asuntos y que nos creemos capaces de pactos semejantes, entre amigas. Lo sabe Lessing, lo sabe Fontaine, seguramente también Robin, la ex de Sean Penn, y Naomi Watts que, además de coprotagonizarlo, produce el filme.
"¿Qué es la amistad? Un amor recíproco y duradero, contesta Aristóteles (...) La amistad, en Aristóteles, pero sobre todo en nuestra vida, no siempre está desconectada de la sexualidad, ni de la pareja, ni siquiera de la pasión; es más bien una manera de vivir", apunta Comte-Sponville en Ni el sexo ni la muerte.
"'Acogedora, no invasora'; ese podría ser el lema de la amistad", aventura Ben Jelloun.
Nunca la amistad puede ser invasora, ni siquiera sin estar despojada de tensión sexual, podríamos agregar.
Y para el final, nos reservamos el derecho de volver a proyectar el amor en la amistad, de la mano de Montaigne: "El amor es un intento de trabar amistad a partir de la apariencia de la belleza".



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