¿Afinidad intelectual o deseo? Pues, lo queremos todo


Por: | 09 de julio de 2014
 
Por Lisbeth Calzadilla

¿Os habéis dado cuenta de que hemos superado la era del BabyFever para dar paso al Divorcio fever? Sí, lo he dicho bien. Y es que en el último año no he hecho más que recibir noticias de separaciones, rupturas, divorcios, incluyendo el mío.

Manos
Getty.

El tema es que tomando un café con una amiga que también decidió cambiar de estado civil, saltamos al ya conversado punto de la separación. Rescatamos anécdotas, nos recreamos en similitudes y hasta algunos improperios típicos para nuestros ex se pusieron sobre la mesa.Tras el café y unas cuantas reflexiones, llegamos a un punto interesante: el de las necesidades, comodidad, amor, sexo y, entonces, nos preguntábamos ¿qué debe primar en la relación? y ¿qué se es capaz de tolerar y qué de sacrificar?
Como chicas latinas conocemos el peso de lo que significa culturalmente atender a la convención social, prestar atención a lo políticamente correcto y a lo que nos dará estabilidad y seguridad económica. Conceptos anacrónicos y limitantes que pueden degenerar en relaciones fallidas.
Como no podía faltar en una tertulia cargada de hormonas femeninas, pusimos sobre la mesa el caso de otra víctima del Divorcio fever (ella no estaba pero la confianza nos daba la libertad de disertar acerca de su situación). Ella, extranjera; él, español, sin hijos y no llegaban a los 10 años de relación. Pareja estándar, clase media y con responsabilidades compartidas.
Este atendía a la convención social, al estereotipo de hombre que todo padre quiere para su hija y que muchas consideran para formar familia. Estable económicamente y con proyección profesional. Pero faltaba algo. No respondía a sus deseos. Esos de la carne, que dan calor y que son efervescentes. Había amor, cariño, sentimiento puro. Lo que se inició bien, se enfrió con el tiempo. Y comentábamos: ¿Cómo no se daba cuenta de qué algo pasaba? Sí, lo sabía, pero asumió que era normal, y que con los años la relación mutaba. Por carga cultural tal vez, vivió su relación con el termómetro de la lujuria en niveles medios, con leves subidas y bajadas… pero tibio al final.
Continuaba con la relación pensando que sería ambicioso pedirlo todo. Estaba cómoda y segura -comentaba en una sesión de despecho-. ¿Para qué pedir más si era "casi perfecto"?¡Bingo! Palabra mágica, ese nefasto "casi" en el que quedó atrapado su matrimonio. Ese "casi" que atesora maravillosos recuerdos. Y ese "casi" donde reposa su sentencia de divorcio y su acta de liberación.
Y digo liberación, porque la convencimos de que debía transitar el camino de la ambición, de querer más. No fue fácil convencerla de que lo merecía todo: estabilidad, calor, lujuria, familia. Al final lo entendió y pidió más. Ardor, placer y desenfreno. Fue escuchada. El Universo se lo concedió.
Fue fascinante ser parte de su proceso. De cómo evolucionó y empezó una relación: este sí respondía al placer, era sexo puro y duro. Deseo y excitación en toda regla. Un delicioso vicio que la encendía en segundos. Bastaba escucharla contar sus fogosos encuentros para entender que estaba entregada al placer del sexo.
Pero no estaba feliz. De vuelta a la carencia. En este caso, si bien lo políticamente incorrecto resultaba excitante y novedoso, faltaba algo. La convención social ¿o la ambición personal? Sí, esa que con el tiempo y la madurez pasa a ser una exigencia y deja de ser estereotipo para ser necesidad. Más allá de la lujuria explosiva y sudorosa, no había mayor proyección. No había afinidad intelectual ni aspiracional. Mal asunto. 
Y es que con el tiempo y la madurez se altera necesariamente el checklist de requerimientos para escoger pareja, esa con la que se quiere compartir desayuno, historias y cama. Empuje, aspiraciones, enfoque y deseo ardiente resultan cualidades necesarias. Es vital encajar afinidad sexual, intelectual y aspiracional.
Llegadas a este punto, preguntamos: ¿Qué queremos en realidad? Lo queremos todo. Sí, que nos enciendan sexualmente y que caminen a nuestro lado, que quieran crecer tanto como nuestro cuerpo, mente y espíritu desee y que nos acompañen en las excitantes aventuras de la vida. Las convencionales y las no tanto. Las de dama y las de cama. A estas alturas se apuesta a todo para ser feliz. Hay que sentirse merecedora y ya no queremos conformarnos con una u otra cosa. En mi caso, lo quiero todo, el paquete completo. ¿Por qué no?
Acabado el café y la tertulia, pensé que, a pesar de que mi situación es diferente, ya lo dije: me declaro ambiciosa y merecedora. De momento, disfrutaré sin prohibiciones ni prejuicios, me mantendré en entrenamiento y en proceso de desintoxicación de mi anterior pareja. Sumando experiencia hasta encontrar lo que me encienda y haga feliz.
¿Y vosotros/as, qué preferís? ¿Habéis dado con quien os enciende sexual e intelectualmente?




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