Perfecto e infinito sexo entre desconocidos

  - *Por María Paz Ruiz Gil

A las cuatro de la mañana Madrid arde en vicio, las discotecas escupen gente que, con un sello en la mano, sale sin saber dónde puede meterse para ligar o para la penúltima. Mi amigo sabe que estoy cansada y me acompaña a tomar un taxi, pero él quiere encontrar un antro con buena música. Al minuto se cruza con una chica mona que va sola (apuesta que lleva alguna copa encima pero se la ve decidida a irse de marcha), con unas botas y una falda larga que darán que hablar.

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"Llévame a un local con música en directo", le pide él.
Prueban con tres sitios que ya están cerrados, caminan con algo de frío hasta la calle Arenal, pero hasta el último reducto para conciertos decentes está chapado.
La mujer se quiere subir a un taxi, pero él descubre el brazo y toca en él una canción como si fuera su bajo. Si pienso en ella, imagino que fue por ese instante de sobrada ternura que decidió subir al piso de mi amigo. Él había alquilado ese lugar para dos noches: ya se sabe, algo súper céntrico, limpio y con una cafetera para hacerlo más vivible. 'La mujer' sube las escaleras con la adrenalina cabalgándola entera. Él no se acuerda de su nombre (¡vaya putada!). Es curioso porque solo será su memoria defectuosa la que narrará este encuentro sexual.
Ella se hace la dormida y él la acaricia, prueba a excitarla mientras ella cuenta los minutos que tendrá  esa erección irrompible bajo el vaquero. No está muy convencida de tener sexo, pero entonces él le suelta que, así, es incapaz de dormir.
En segundos, ella se quita las botas y las medias.
Empiezan lo irremediable. Él se estaba muriendo de ganas por estar encima de ella, que exige un condón como única condición para arrancar, entre desconocidos, una carrera de gemidos y movimientos.
En el sexo casual todo es nuevo y viejo a la vez. Esa piel nunca antes vista, ese cuerpo con dimensiones únicas, moviéndose mejor que los cuerpos anteriores. Es el mismo baile con un bailarina diferente.
Ella consigue llegar tres veces al orgasmo, cuenta cuando se ha corrido y habla en la cama. Él no habla nunca durante el sexo, porque así es más fácil tener la cabeza libre. Le gusta que ella sonría mientras va entrando, pero no la ha desnudado. Ella solo se ha quitado las medias, así que le dan vueltas a la falda y la recogen en la espalda hasta que se hace insoportable.
"No es cuestión de estética", le digo.
"Yo estaba bien, pero ella decidió quitársela", me dice mi amigo.
¿Y qué más pasó?
Cuando la penetré, no aguanté más. Era lo que yo deseaba. Nada de romanticismo, ningún beso a la vista. Una descarga de placer.
Hay una frase que me dijeron y me marcó, interrumpí: "hay mujeres que son más fáciles de desnudar que de besar".
Me encontré con una de esas. Esta mujer también hizo lo que quiso. Igual que yo. Hablamos poco. No nos mentimos, no nos engañamos. Nos gustamos, y a través del otro llegamos al orgasmo. Y todo iba bien. Sin embargo, al terminar, me preguntó qué era lo que yo buscaba en mi vida.
"Lo único que deseamos es que alguien nos quiera", le respondí, sin saber que se iba a poner a llorar en mis brazos.
"Madrid es infinito", dije yo.
"Madrid es perfecto", dijo ella.
Se puso sus botas. Yo me vestí para acompañarla al taxi.
"No, quédate aquí. Voy sola". Estaba convencida de que eso era mejor.
Sin darnos el teléfono ni el mail se despidió de mí. Y pensé que no hablaría de ella jamás. Pero aquí me tienes, contándote mi polvo de martes con una mujer a la que  he visto por dentro, a la que he hecho llorar y de la que no sé ni su nombre.

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