Sin comillas, solo sexo


El siguiente es un fragmento del libro Sexo sin comillas, de la escritora colombiana María Paz Ruiz, que se presenta en España el jueves 18 de junio, a las 21, en el Volta Café de Madrid (Calle Santa Teresa 9):
"Imagine un planeta de terminaciones nerviosas, hecho para ser acariciado porque va revestido de piel. Esto es el cuerpo humano. Cada poro siente y por eso es tan agradable poder explorar cada trocito del cuerpo que somos y del cuerpo que tenemos cerca cuando estamos disfrutando de una relación sexual.
Es interesante dedicarse a descubrir que hay zonas muy poderosas que jamás nos han acariciado bien, o no nos han estimulado con el suficiente interés. A mí me resulta extraña la obsesión de algunas personas por que les toquen los pies, cuando son unos órganos muy excitables y que tienen un altísimo voltaje sexual en su diseño. Tampoco está mal chupar un codo, una rodilla o una pantorrilla. Todo puede incrementar el placer, y sobre todo, no se trata de succionar con mirada de loco una pantorrilla, sino de conseguir que ese cuerpo que queremos excitar se sienta reconocido por completo, atendido y degustado en toda su riqueza y anatomía.

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Es fácil encontrar personas que sienten placer al ser acariciados en sus pezones  o en su cuero cabelludo, son zonas erógenas habituales, quizá más que las orejas o los muslos. ¡Con las orejas ocurre un efecto que muchas veces se vuelve muy desagradable! La repetida escena cinematográfica en la que los amantes se chupan las orejas ha desencadenado que muchas personas piensen que introducir la lengua por el oído hasta llegar al cerebro es sexy. Nunca ha sido ni lo será. Tampoco el exceso de babas da el mejor resultado. Casi es mejor recurrir a los susurros, al chorrito de aire o al beso que al incómodo chupón que deja un rastro baboso. ¡Pero, para gustos, colores! Y así como es frecuente que las mujeres me cuenten que no son fans de que las baboseen, también he conocido parejas que me confiesan que les encanta, y que de hecho se han unido más porque los dos son unos babosos y esto les excita al límite.

A mí me parece hermoso besar los párpados, encuentro en ellos algo sensual, también creo que las caderas de los hombres son irresistibles y facilísimas de morder y de besar. El cuello es una zona erógena maravillosa, pero no a todas las personas les gusta que les chupen o les besen esa parte, así que es conveniente que en las citas que tengan los amantes descubran si les gusta lo que el compañero les hace.
A mí me han dicho cosas como esta: "yo odiaba que me tocaran las costillas, pero me encanta cómo tú me las acaricias". En conclusión, no siempre el problema está en nuestra poca afición porque nos toquen ese punto, sino que tal vez no nos lo han tocado bien. El cuerpo fluye en su totalidad y se puede excitar y erizar por completo, así que no tiene caso crear obstáculos en el placer. Mi máxima es sencilla: se vive mejor sin puntos prohibidos en el cuerpo.


La primera vez

Testimonio de mi amiga Q:
Llegué a mi primer encuentro sexual por una enorme curiosidad y no por enamoramiento. Esto hizo que desde esa primera vez tuviera una duda sobre el sexo. ¿Era placentero en sí o debía buscarle el lado emocional para aprobar lo que estaba haciendo?
El sexo es una inyección de placer; y no todo placer está asociado al compromiso que hay entre los dos que se entregan a la relación física. Es falso que solo los hombres puedan separar esto y solo ellos puedan gozar con el sexo casual, esporádico o sorpresivo. Las mujeres también pueden, lo hacen, y es maravilloso disfrutar del cuerpo sin importar si se es hombre o mujer. De hecho, a veces tengo la sensación de que la distinción de géneros nos ha afectado mucho. No todos somos hombres-hombres ni mujeres-mujeres. Ahora me puedo permitir decir que me gustan las personas, y no sólo porque sean mujeres u hombres. Me puede atraer una mujer o un hombre en igual medida.
¡Fuera las etiquetas!

Testimonio de A:
Mi primera relación sexual no ocurrió con un novio. No me pareció grave, nunca me culpé por eso y, en cambio, pude aprender a tener una relación sexual liberada y placentera con él. Hoy pienso que tuve suerte al comenzar mi actividad sexual con un estudiante de ginecología cuando yo apenas tenía quince años. También hoy soy consciente de que él me hizo la inducción y las prácticas. Yo no sabía nada, y solo recordaba el libro de sexualidad que mi madre me había mostrado en la cama el día que me explicó, con dibujos de blanco y negro, cómo era eso de fabricar hijos. Recuerdo también que mi padre cerró la puerta con mirada confusa: su hija de once años ya sabía que el sexo existía. Su pequeña ya no era tan inocente. Pero es igual, porque después del libro en blanco y negro me siguieron tapando los ojos cuando salían dos amantes besándose en las películas, y en mi casa no se dijo la palabra sexo ni sonaron jamás los Sex Pistols".

 Por: | 13 de junio de 2015

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